Diciembre llega rápido.
Y con él, la sensación de que algo falta.
Un regalo más.
Una prenda más.
Una bolsa más.
No siempre porque lo necesitemos, sino porque diciembre —y la Navidad— muchas veces nos empujan a llenar cansancios, silencios o culpas con consumo. Como si comprar fuera una forma de cerrar el año, de cumplir, de llegar.
Yo trabajé años en moda y retail.
Vi de cerca cómo se construyen los deseos, cómo se acelera la urgencia y cómo se normaliza comprar por si acaso. Viajé buscando muestras, conocí talleres de confección, participé en procesos donde producir más era la regla. Y también vi algo que se repite una y otra vez: clósets llenos de ropa que no se usa, incluso prendas nuevas con etiqueta.
Ahí entendí algo importante:
el problema no es comprar.
El problema es comprar sin sentido.
Muchas mujeres llegan a mí diciendo: “No entiendo por qué tengo tanta ropa y aun así no sé qué ponerme”.
Y la respuesta casi nunca está en una prenda nueva.
Está en la claridad.
Diciembre nos empuja a creer que más es mejor.
Pero muchas veces, más es solo más ruido.
Más decisiones.
Más gasto.
Más desorden mental.
Vestirse —igual que regalar— puede ser otra cosa.
Puede ser una pausa.
Una elección consciente.
Una forma de agradecer lo que ya está.
No se trata de dejar de comprar ni de culparse por hacerlo.
Se trata de elegir mejor.
Mirar lo que ya tienes.
Usarlo distinto.
Entender qué sí te representa hoy y qué ya cumplió su ciclo.
Ordenar para poder decidir desde un lugar más calmo.
A veces, el mejor regalo no es algo nuevo.
Es bajar el ruido.
Es ordenar.
Es darle sentido a lo que ya existe.
Porque cuando vestirte deja de ser una carrera,
empieza a ser una conversación contigo.