Es una de las frases que más escucho.
Y no tiene que ver con falta de estilo.
Tiene que ver con etapa.
Tu vida cambia más rápido que tu clóset.
Cambian los cuerpos, los tiempos, las prioridades, la energía.
Pero la ropa muchas veces se queda anclada a versiones anteriores de nosotras mismas.
Ropa que funcionó en otro trabajo.
En otro ritmo.
En otro cuerpo.
En otro momento emocional.
Entonces abres el clóset y nada calza del todo.
No porque esté mal, sino porque ya no es ahora.
Ahí aparece la frustración.
La sensación de tener mucho, pero no tener nada.
De repetir siempre lo mismo o de no saber cómo combinar lo que hay.
La solución no es partir de cero.
Es editar.
Editar es mirar con honestidad.
Es preguntarte qué prendas sí acompañan tu vida hoy y cuáles ya no.
Es entender qué colores te favorecen, qué cortes funcionan en tu cuerpo y qué ropa se queda solo por costumbre o culpa.
El clóset no es solo un mueble.
Es un reflejo.
Cuando lo miras sin juicio —pero con criterio—, empiezan a aparecer respuestas.
Y con ellas, alivio.
Vestirte no debería sentirse como una prueba diaria.
Debería sentirse como una continuidad de quien eres.
No necesitas más ropa.
Necesitas más claridad.